ORIGEN E HISTORIA

Chía es un municipio de origen precolombino,

por lo cual no se puede establecer

una fecha exacta de su fundación.

A la llegada de los invasores españoles en

abril de 1537, este valle estaba habitado

por los Muiscas pertenecientes a la familia

de la lengua Chibcha, una de las más importantes

del Nuevo Mundo, junto con los Incas del

Perú, los Aztecas y los Mayas de México y

Centroamérica.

 


CHÍA SEDE DEL PRINCIPADO CHIBCHA

La antigua ciudad Chibcha de Chía

era, además del santuario de la diosa de su

nombre, el sitio donde residía el príncipe de

la dinastía real, que tomaba el nombre de

cacique o príncipe chibcha de Chía.

 

Otra leyenda entre las muchas que al príncipe le

servían como sustentáculo de su nacionalidad,

cuenta la manera como se originó este

principado: una vez el cacique de Chía tenía

un hermano menor, el cual se enamoró de

una de las más bellas mujeres del cacique y

logró entrar en íntimas relaciones con ella;

sabida que fue del cacique la falta cometida

por su hermano, mandólo prender para imponerle

severo castigo, pero el mozo se fugó

y pudo llegar al pueblo de Guasca, lugar

donde se encontraba el Zipa, a quien le ofreci

ó servir en el ejército real, en los precisos

momentos en que éste se preparaba a develar

movimientos subversivos de sus súbditos de

oriente; el Zipa ignorante de la falta cometida

por el mozo con su hermano, y sabedor

que pertenecía a una noble familia del reino,

lo recibió de buen agrado y como era

valeroso y prudente lo nombró capitán general

de sus fuerzas; tan bien se portó el joven

guerrero que merced a su ayuda quedó

bien pronto dominada la rebelión; en reconocimiento

el Zipa, a quien los dioses habían negado la

paternidad, acogió al animoso guerrero como a hijo suyo

y como su edad era ya avanzada, previniendo su ya cercano

fin, se hizo trasladar a su alcázar de Muequetá,

donde congregó a sus vasallos u hombres de gobierno y

les hizo saber que dejaba como heredero del trono al

capitán general, al hermano del cacique de Chía, como

premio a su valor, lealtad y servicios prestados al reino;

todos acogieron la determinación del animoso Zipa,

quedando el joven capitán consagrado por soberano y

señor; entre tanto el cacique de Chía, que supo la favorable

suerte de su hermano, al saber que éste quedaba

convertido en su amo y dueño, se llenó de pánico y temor;

entonces queriendo aplacar el enojo que antaño le

causara, le envió a la fortaleza de Samongatá, en Cajicá,

donde se encontraba, un mensaje con su madre y su hermana

y ricos presentes para apaciguar su furor; allí recibió

 el nuevo Zipa el mensaje fraterno, depuso el rencor

que contra su hermano guardaba y en prueba de alianza dispuso

que a su muerte el hijo de su hermana le sucedería en el trono,

quedando su propio primogénito heredero de sus solas riquezas

y que esta costumbre sería ley perpetua y mientras

tanto el joven heredero sería el cacique y señor del principado

de Chía.

 

 Desde entonces el sobrino del Zipa, al llegar

a la edad requerida se internaba en la Cuca (seminario)

de Chía y allí los jeques lo instruían en los misterios religiosos,

le enseñaban el secreto de las plantas, y lo preparaban

en el estudio de los ritos y las leyes del gobierno. Siete años

duraba allí el príncipe sometido a duras disciplinas y castidad absoluta,

no podía ver la luz del sol y su alimentación era la de un asceta. Al

fin del año séptimo el príncipe era sacado de la Cuca, se le ungía solemnemente

en las aguas de la fuente sagrada de Tíquiza, los jeques le horadaban

la nariz y las orejas y de ellas le colgaban riquísimas joyas y quedaba

consagrado como príncipe y cacique de Chía, en tanto que llegaba la

hora de ascender al trono de sus mayores, oficiaba en el templo de Chía,

sacrificaba los holocaustos a la divinidad y presidía la vida ceremoniosa

del principado indígena.

 

A la muerte del Zipa se coronaba al nuevo rey con inusitada pompa,

delante de los jeques juraba cumplir con los deberes de su cargo, en

litera de oro se le llevaba, a la laguna grande de Guatavita, donde la

cristalina linfa ungía, nuevamente, su cuerpo soberano, fabricaban una

gran balsa de juncos adornada con objetos de oro y piedras preciosas; la

balsa la completaban con cuatro antorchas en las cuales quemaban

sahumerios y perfumes, mientras el pueblo depositaba en el fondo de la

gran laguna ofrendas y con gran gritería pedían a los dioses el favor para

el nuevo soberano, y el sahumerio y los perfumes que se quemaban alrededor

de la laguna iban cubriendo lentamente la montaña hasta que el

humo impedía ver la luz del sol.

 

 En ese momento, el príncipe era desnudado

y cubierto con esencias pegajosas, lo espolvoreaban con oro hasta

cubrirlo totalmente, y luego era revestido con

especiales ornamentos, se le engalanaba la

frente con una artística medialuna de piedras

preciosas y entraba a la balsa y se iba

hasta la mitad de la laguna con montones de

oro y esmeraldas que ofrecía a sus dioses. En

la balsa lo acompañaban los cuatro caciques

principales quienes también iban desnudos

y llevaban de ofrecimiento coronas

de oro y collares de esmeraldas.

Mientras la

balsa avanzaba hacia el centro de la laguna

los súbditos tocaban sus mejores instrumentos,

y sus cantos se oían en todos los montes y

valles del territorio Chibcha. Al llegar la balsa

al centro de la laguna a una señal se hacía

silencio.

 

El príncipe dorado hacía su ofrecimiento lanzando

el oro y los tesoros que llevaba al fondo de la

laguna, los caciques que lo acompañaban hacían lo mismo,

el príncipe bañaba su cuerpo hasta dejar doradas las

aguas azules de la laguna sagrada, en acabando este rito

la balsa se dirigía a tierra y en ese momento se rompía el

silencio y era recibido con el más grande alborozo el

nuevo Zipa.

 

Quince días duraban las fiestas solemnes en medio

de grandes banquetes, fiestas públicas, carreras a pie

con premios valiosos para los vencedores, borracheras

de chicha, y al final de tales festividades escogía el soberano

de entre las jóvenes vírgenes más bellas

de la comarca, su primera esposa,

era ésta la soberana del pueblo, la preferida

por el Zipa entra las que después

llegaran a su tálamo; los Chibchas eran

polígamos y de algunos soberanos se

cuenta que llegaron a tener hasta trescientas

mujeres, pero siempre la que hab

ía tomado primero era la reina y señora

entre todas las demás.

 

Luego el monarca, acompañado

de regia comitiva, y en medio de una

enorme muchedumbre venida de todos

los confines del país, entre músicas marciales

de fotutos y caracoles, emprendía la marcha hacia

Bacatá, sede de su gobierno, donde tomaba posesión del

trono de sus mayores y empezaba, con riguroso celo, a

regir los destinos de su pueblo.

 

 *tomado del texto de (Carlos H. Matiz) 2008